Renata Bicalho 

Escritora

/ Cuento de Francisca Toro,
/ Ilustración de Melania Valverde J
/ Coordenacion Aurelia Dobles, Escritura Mágica

*  El Juego  *

“Te escribo porque tengo los ojos y el alma cansados de tanta virtualidad y pantallas.
Ya no quiero más cursos por internet, ni de cocina, ni para aprender otro idioma, ni yoga virtual, nada. He decidido que este tiempo extraño no es para hacer sino para ser.
Estar tranquila, dejar de hacer cosas y solo perder el miedo a mirar hacia adentro, respirar, mirar la naturaleza. Será que es mal visto y se confunde con apatía. Pero no es nada de eso, es aprovechar este momento y dejar de hacer por hacer, porque así te lo pide esta sociedad.
Volviendo a lo que querías saber, cómo estoy, cómo estamos, cómo es nuestra vida en cuarentena, paso a relatarte mi sábado.
Estoy en medio del bosque, suena pretencioso sí, lo sé, pero me gusta sentir que este pedazo de tierra me pertenece, al menos por este momento infinito.
Miro los árboles que se mecen suaves con el viento, he aprendido a reconocer más de quince tonalidades de verde que todavía no bautizo, antes solo veía verde. Veo mariposas amarillas que revolotean de a pares. Pájaros azules que atraviesan el bosque, tan seguros en su vuelo de su destino. Veo una ardilla comiendo acelerada un mango todavía verde.
En eso estoy, mirando, cuando escucho: – Mamá, ¿te parece si jugamos un juego de mesa? Miro a Elisa con desgano… – ¿En serio? ¿Ahora?
– Sí, por fa, mamá, de a dos es muy aburrido.
Me rindo. – Bueno, juguemos. Tú me conoces y sabes que no nací con el gen de la competencia, para mí perder o ganar no significa nada, no es que sea insensible y no me emocione con nada…
Me emocionan una infinidad de cosas: la nube que me sorprende con figuras infinitas, el vuelo de los pájaros, la hormiga que camina cansada con la carga en su espalda, las hojas de los árboles que no sucumben al temporal, la lluvia cuando me encuentra en la calle y me empapa, el mar y las rocas que no se rinden, muchas cosas me emocionan, pero el juego… nada.
Me levanto entonces para ir a jugar. Recuerdo que me mandaste un texto que quieres que lea, lo llevo a escondidas para revisarlo cuando estemos en la mesa jugando.
Eligieron jugar Monopoly, cuando niña jugaba a uno igual que se llamaba la Gran Capital. Está todo bien ordenado en la mesa, el tablero cuadrado en el medio, cada jugador con una serie de billetes de colores perfectamente ubicados y ordenados de menor a mayor; en el centro del tablero una pila de cartas al revés con signo de interrogación, son tu destino. Anuncian cuando te ganaste la lotería, un concurso de belleza, o debes pagarles por algo al resto de los jugadores.
Me dan a elegir cuál ficha quiero ser, escojo la azul, la que está mordida de perro y sé que nadie quiere. Elisa tiene la roja, Pancho la amarilla.
Acomodo tu texto a mi lado izquierdo y empieza el juego.
La primera vuelta no se puede comprar nada, me advierten los dos al unísono. Por suerte eso me das más tiempo y, mientras tiro los dados y avanzo con mi ficha azul, comienzo a leer:
“Existía un lugar, este se hacía llamar la urbe. Un lugar donde los pobladores tenían grandes márgenes de autonomía y oportunidades. Los lazos entre los habitantes se reducían a vínculos de carácter comercial, lo que generaba un entorno de indiferencia entre ellos. Se regían bajo un sistema específico llamado sociedad de consumo, la cual trataba sobre una búsqueda sin final de satisfacción por medio del constante consumo”.
– Mamá, te toca… Tiro los dados, avanzo unas cuantas casillas. Caigo en Filadelfia, suena bien, lo compro, en mi siguiente turno caigo en California, también lo compro, comienzo a comprar de forma desenfrenada, caigo en el ferrocarril, siempre me han gustado los viajes en trenes, lo compro, caigo en la cárcel, pierdo un turno, dejo de comprar.
Sigo leyendo desde la cárcel: “…esta lógica recompensaba al individuo para hacerlo sentir parte, lo llamamos inclusión social. Los medios de comunicación dictaban las reglas de la estructura social de la urbe. Para la mayoría de los pobladores resultaba más fácil categorizar a los individuos por grupos, asignándoles una identidad social virtual basada en sus atributos físicos, apariencia, personales, y los estructurales: ocupación… Cuando algunos grupos eran categorizados en extremos como malvados, peligrosos, débiles se convertían en estigmas, eran los estigmatizados”.
Es el turno de Elisa y ha caído en una de mis propiedades, debo cobrarle cien mil, como no le quedan billetes para pagarme le perdono la deuda. Pancho alega que es trampa, que así no se juega.
Su turno, yo leo:
“Algo importante de mencionar es que una vez que entraban en esos grupos, jamás dejarías de verlos como a seres contaminados y menospreciados. Llegaban a la urbe cargando con diferentes historias, pero finalmente todas acababan igual. Ellos no buscaban aislarse de la sociedad sino al revés, venían escapando de un pasado oscuro de desarraigo familiar. Intentaban buscar lo perdido en las calles. A este grupo se llamaba los sin hogar. Los estigmatizados fueron problemas para las urbes, los miraban, pero los ignoraban”.
Mi turno, avanzo ocho espacios y caigo en Oklahoma, propiedad de Elisa que ya cuenta con un flamante hotel de plástico gris grafito. Le debo pagar un millón para salir de ahí con vida. Vuelvo a observar mis billetes de papel de colores y veo que solo me queda un billete todo manoseado y arrugado de diez mil, mi deuda no es perdonada, hipoteco todas mis propiedades y con eso no logro pagar. Asumo que estoy en quiebra.
“Los sin hogar se preguntaban si podrían tener un lugar en las urbes, si podrían ver en algún momento el lado positivo de su estadía. ¿Podrían alguna vez mostrar sus reales identidades sociales y conseguir su reinserción?”.
Fin del texto, fin del juego, perdí.”

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